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Weezer: Weezer | Reseña

Nota8
8

Una de las grandes preguntas que rodean a Rivers Cuomo y su combo es si de verdad tienen algo más que agregar. Cambiaron la imagen de los ñoños con su debut, sacaron en cara los amoríos y frustraciones adolescentes en Pinkerton, demostraron su lado más popero y enganchador del álbum verde hasta el estrellato en falso en Make Believe. De ahí en adelante la prensa especializada se ha dedicado a crear encuestas y columnas tirando la banda hacia abajo, cuestionando su mera existencia.

La verdad es que cualquiera que espere otro Pinkerton tendrá que vivir cosechando decepciones. The White Album es Weezer siendo Weezer para ellos mismos, en primer lugar, y para su séquito más crítico. Para estos más que para cualquier otra persona, y eso está bien, si Cuomo hubiese querido podría haber tapado el disco en doce clones de “Summer Elaine and Drunk Dori”, la canción más azul del álbum, y hacer de este trabajo otro decente comeback de un grupo noventero venido a menos, pero temas como “Jacked Up” o “Thank God for Girls” tan solo podrían venir de la mente de un cuarentón que graba covers acústicos de Kevin Gates para su Instagram sin una pizca de ironía.

En su mejor forma, Rivers Cuomo compone con ideas que bien podrían ser hits de los Beach Boys, villancicos tradicionales y clásicos de Thin Lizzy, todo en uno. “L.A. Girlz” es un ejemplo de ello, con un solo gigantesco de la mano de una melodía de balada tradicional sumado a unos juegos de voces que dejan para adentro. Y eso es tan solo en la canción como un todo, porque cada una de sus partes, desde las divertidas baterías de Patrick Wilson hasta los acompañamientos guitarreados de Brian Bell, aportan un mundo a cada uno de los tracks. Mención aparte a los bajos de Scott Shriner, que terminan de consagrar su siempre merecido espacio en el plantel.

La banda se toma con calma las cosas. Este disco ya no es tan rimbombante como Everything will be Alright in the End (2014), con solos por doquier y baterías potentes, sino que se enfoca en formar melodías más agradables y calmadas, pero sin dejar la adrenalina que caracteriza a la banda desde aquel primer homónimo. Lo que sí conservan de su anterior trabajo es el optimismo palpable en la primera mitad del álbum, optimismo que luego es contrastado por una sucesión de canciones que nos hacen recordar a ese rockero decepcionado de 1996. “Endless Bummer” actúa como un último balance, una canción de asco al verano que termina en un imbatible solo seguido del sonido de las gaviotas californianas de fondo, ida y vuelta a la calma del comienzo.

Algo que no debe pasarse por alto es que The White Album es también un disco conceptual. Suena a palabras pesadas, teclados progresivos y óperas rock tapadas en relleno, pero lo que hace Cuomo es, en diez cortas canciones, pintar su visión de California. Pero ojo, no es tan solo el California del sol y la playa, sino que también el de los excesos (“Do You Wanna Get High?”), la vida post-tinder (“Jacked Up”) e incluso los miedos e inseguridades ante una relación que no va bien (“Summer Elaine and Drunk Dori”). Así es como con referencias a Dante, Burt Bacharach, Radiohead -¿o Douglas Adams?- y el antiguo testamento es que el grupo completa su trabajo más coherente y redondo desde los noventas.

Porque no hay ni un solo tema que arruine la experiencia, ni un “Back to the Shack” ni un “Beverly Hills”. Si bien los potenciales singles son obvios –“(Girl We Got A) Good Thing” grita éxito como ninguna de las canciones que el conjunto ha lanzado desde que volvieron a ser cool-, ninguno de los tracks es un intento descarado por alcanzar el dial. Este es el más puro sonido de Weezer, tanto la banda de power pop noventero del disco azul como los eternos nerds experimentales del disco rojo.

En el fondo, el álbum blanco resume todo el proceso de purificación que vivióla banda hace algunos años atrás, ya no sonando tan arrepentidos de lo que hicieron antes, si no que con ganas de hacer cosas nuevas y lindas para la gente que los acogió en primer lugar. Tampoco es un disco que requiere segundas lecturas como antes o que sea un punto de inflexión de cómo van a evolucionar más adelante, unos perros viejos quizás no pueden aprender nuevos trucos, pero pueden hacerlo otra vez y quizás perfeccionarlo con la práctica.

Weezer -el disco blanco- son todos los trucos viejos de Cuomo en un solo lugar. La gracia aquí es que, mientras los solos y las baladas funcionan para sorpresa de nadie, las experimentaciones pop y los gritos de triunfo brillan con igual fuerza. Aquí queda demostrado que Rivers no se repite a sí mismo por su propio beneficio, sino que lo hace por el amor que tiene a su música y a su “gran familia Weezer”: sus hermanos de banda y a los padres que los inspiraron, además de los miles de primos que los van a ver a los conciertos y sienten cada nota de sus mejores trabajos. Este es para ellos.

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