Weezer_Pinkerton

Pinkerton: Felices 20 años | Retrospectiva

“I gotta’ go turn in my rock star card / to get fat and old with you”

El 4 de agosto de 1995, en vivo desde Nueva York, Weezer presentó el último single de su disco debut en el show de David Letterman. Rivers Cuomo –el vocalista del grupo- había sido recientemente operado de su pierna derecha, la misma que en algún momento le había impedido dedicarse al futbol y que, frente a una audiencia de miles de espectadores, le impedía alejarse siquiera del micrófono.

Brian Bell se sacudía y coqueteaba a la cámara mientras armonizaba con las voces y guitarras del vocalista. Pat Wilson, por su parte, lucía su recientemente teñido cabello verde mientras sonriente golpeaba los tambores de una batería brillante y azulada. Matt Sharp, quizás el más histriónico del conjunto, saltaba y hacía notar su falsetto mientras agitaba su bajo en cada momento que podía.

Cuomo se mantenía fijo en la guitarra, ensimismado, dejando que el resto de la banda hiciera el espectáculo. “Say it Ain’t So”, la canción de la noche, sería el single que terminaría de consagrar el éxito que alcanzó Weezer con “Buddy Holly” y “Undone”. En una época post-Nirvana y pre-Ok Computer, el rock se encontraba activamente buscando sonidos nuevos y el Power Pop influenciado de igual forma por Judas Priest, los Beach Boys y los Pixies de Weezer había tocado la médula de las emisoras del mundo.

Pero mientras los ejecutivos de los sellos discográficos veían en tracks como “In the Garage” y la canción del sweater a un grupo de nerds que hacían pop entretenido, Cuomo encontraba un lugar donde podía, con total honestidad, declarar su profundo amor por la teoría musical, Kiss y los X-Men, al mismo tiempo que expulsaba sus demonios y miedos, ya sea al rechazo, a la soledad o al fracaso.

Weezer consiguió un público masivo, pero al mismo tiempo cultivó un nicho de seguidores que veían en el grupo un reflejo de una juventud que amaba con la misma honestidad que Rivers, que se veía a sí misma en el tímido protagonista de “Only In Dreams” (el que tiene miedo de pisar los pies de su compañera al bailar) y del triste y obsesivo narrador de “The World has turned and left me Here”. Rivers Cuomo, casi sin saberlo, estaba construyendo música pop con temáticas que solo tocaban los grupos emo de la época, definiendo por accidente el sonido del rock radial de la década que venía.

“You Heard me / on the radio / about one year ago / and you wanted to know / all about me”

A Weezer llegué a la edad que uno llega a Weezer, más o menos a los 14 años. Eran tiempos en que todo lo que escuchaba era a los White Stripes, los Smashing Pumpkins y las canciones que había heredado de mi papá. Los Pumpkins llenaban mis angustias pre-adolescentes más o menos bien, pero a ratos me sonaban demasiado crípticos para verme realmente reflejado en Corgan y sus amigos. Van Halen y Sabbath, por su parte, me llenaban con sus actitudes y su pulcra forma de arrasar con la guitarra, pero rara vez me emocionaban.

Quizás subconscientemente buscando un punto intermedio fue que llegué al disco azul. Ya conocía el grupo por sus hits, pero mi yo consumidor regular de MTV apenas los asociaba con “Pork & Beans” y “Island in the Sun”. Canciones como “In the Garage” fueron revelaciones. Diría que el tiempo que rallé con el blue álbum fueron meses o años, pero sería encerrarlo en un periodo muy corto de tiempo y la verdad es que aún hoy me da escalofríos la entrada de la armónica en “My Name is Jonas”, el intro de “Holiday” y el puente de “Say it Ain’t So”.

Weezer –el disco- no solo fue un punto de quiebre en mis gustos, fue también la primera vez en que pude llamar un álbum como mi “favorito”, fue ahí cuando empecé a sentir la música como algo personal, empecé a querer lo que escuchaba.

“Somebody’s giving me a whole lot of money to do what I think I wanna do / so why am I still feeling blue?”

Agitado por el éxito, Cuomo se enfrentó a la vida que imaginaba escuchando a KISS cuando niño. El sueño del rockstar americano lo llevó a recorrer Asia y Europa, acostarse con groupies y tocar en festivales gigantescos, pero los deseos del compositor pegaron un giro gigante aquí mismo. Decepcionado por el mundo del rock, envió una carta de aplicación a Harvard y, durante la navidad de 1994, escribió Songs from the black hole, una ópera rock con claras alusiones a su vida durante el tour en promoción al disco azul, el primer boceto del álbum que llegaría en 1996.

La trama es sencilla: un grupo de astronautas viajan para evitar que un planeta recóndito sea absorbido por su sol. En el transcurso ocurre un triángulo que salpica la historia de decepción, sexo y llanto. Black Hole fue por muchos años un santo grial para los fanáticos más acérrimos del grupo, si bien actualmente se encuentra disponible casi en su totalidad, con el paso del tiempo los mismos seguidores de la banda han reconstruido y re grabado sus propias versiones, elevando el álbum a un estatus de obra de culto.

No pasó mucho para que Rivers descartara el proyecto, aún con varias canciones ya en su faceta final, prefirió conservar “Tired of Sex”, “Getchoo”, “No Other One”, “Why Bother” y dar un giro. El World Domination Tour de 1995 sería el momento elegido para que la banda estrenase un par de estas canciones, mostrándole al universo lo que sería la primera degustación del nuevo sonido de Weezer ¿qué podía ver el mundo en estos nerds y sus tres acordes?

“When I’m feeling blue and lonely / all I have to do is think of you”

Yo, por lo menos, veía un mundo de posibilidades. Tras agotar al máximo la batería del disco azul me lancé a por el verde, después de todo era aquel en que reconocía más canciones. No puedo decir que escucharlo fue un desastre, pero sí una decepción en cierta forma. Weezer (2001) es un álbum estéril e inofensivo para todo el mundo excepto los fans del grupo. Cada uno de sus solos consiste en una breve interpretación guitarreada de la melodía vocal del verso de la canción correspondiente y cada canción repite la misma estructura de la anterior.

En una entrevista de julio del 2001 con NME, Cuomo habla de su deseo por volverse mediocre, “menos original”, dice: “Solamente quiero ser convencional. Quiero escribir canciones atemporales, nada muy peculiar o personal”. Pero el brutal contraste entre los dos primeros discos homónimos del grupo no me arrebató el amor que sentía por la banda. Generalmente cuando un grupo se vuelve aburrido el cambio no es tan calculado. Ya sea la falta de creatividad de los tardíos trabajos de Dylan, la homogeneidad de AC/DC o las terribles decisiones que lentamente sepultaron a Metallica, no conocía ningún caso tan extraño como el de Cuomo ¿Qué pasó entre 1994 y el 2001 que lo llevó de “Only in Dreams” a “Hash Pipe”? ¿Qué hay entre medio?

“I can’t talk about it / I gotta sing about it and make a record of my heart”

El Japón de los 90’s era un lugar extraño. Entre 1994 y 1996 series como Dragon Ball llegarían a su fin, Kobe viviría un terremoto gigantesco y el fenómeno de Pokémon daría sus primeros pasos. En este Japón fue que una fanática adolescente del grupo escuchó algún single del disco azul en la radio y decidió escribir a Cuomo preguntando por su cumpleaños, sus comidas favoritas y sus hobbies.

Durante el tiempo en que Cuomo estuvo en Harvard se enamoró de la ópera, prestando especial atención a Giacomo Puccini y su triste Madame Butterfly, la obra acerca de un marino estadounidense –el teniente Pinkerton- que embaraza y abandona a una joven japonesa. La carta escuetamente escrita le golpeó el corazón y lo llevó a escribir “Across the Sea”, una de las canciones más emocionantes del cuarteto, un golpe tan impactante que lo llevaría a abandonar totalmente su ópera espacial para construir un álbum en torno a su propio Pinkerton interior.

El sonido que tomó el disco fue crudo, salvaje y complejo. No es como si Weezer se hubiese transformado en Fugazi, el cambio fue más una progresión que un giro. Los juegos a guitarras duales que ya aparecían en “The World has Turned and Left me Here” se amplifican en la obra maestra que es “Falling for You”, “The Good Life” incorpora cambios de ritmo atípicos en su puente, e incluso el single cabecilla del álbum, “El Scorcho”, destruye todas las convenciones del power pop noventero antes de llegar a su primer coro.

El proceso de grabación del álbum no fue tan tenso como el de futuros trabajos, pero sí marcó el principio del quiebre entre Matt Sharp y el grupo. Ocupado con su proyecto paralelo, The Rentals, Sharp había probado el éxito con su single “Friends of P” y su participación en las sesiones se fue tornando errática e intermitente.

“I told you I would return when the robin makes its nest / but I’m never coming back / I’m sorry”

Si bien por años se ha relacionado la salida del bajista con la simplificación de Weezer después de 1998, basta con escuchar los demos de Cuomo de alguna de las canciones del disco o incluso el bonus track “Tragic Girl” –con Adam Orth en remplazo de Sharp- para darse cuenta de que composicionalmente era poco su aporte a la banda.

Otro tema que conviene tratar lo antes posible es el de si Cuomo puede o no escribir otro Pinkerton, pero para poder ahondar en esto debemos primero entender qué es lo que hace de este disco la gigantesca obra de la que se ha hablado durante estos 20 años. Conviene además saltarse la repetida historia de la paupérrima decepción del disco, las indecentes etiquetas que usó Rolling Stone y el irrisorio barómetro del éxito comercial con el que se le ha medido en comparación con el debut de la banda.

Pinkerton, históricamente hablando, es un disco bestial, de esos que se crean y crean mitos a veces más hermosos que la verdad misma y que inspirará a cientos de bandas y compositores a seguir abriendo sus corazones en álbumes y canciones. Ya muchísimas publicaciones han hecho eco de cómo Cuomo acercó el emo al pop, de lo fuerte que aún hoy pega el disco en las juventudes del mundo y lo que significó para la generación pop punk.

Pinkerton, como obra, no es un trabajo pornográfico, de exposición y transparencia por sobre cualquier otra cosa. Sus temáticas lo son, sus letras lo son, pero tras ellas hay un romanticismo cuidado y trabajado. Suena sucio porque quiere sonar sucio, porque las emociones primales del disco no solo se escupen, sino que van ordenadas para canalizar cada una de las sensaciones que buscan generar en el oyente. Cuomo canta honestamente, pero es una honestidad pensada, muy bien pensada.

Basta con ver las páginas y páginas que ocupan las re-escrituras de “Tragic Girl” en The Pinkerton Diaries. El tema fue compuesto y descompuesto, pensado en cada detalle para poder saciar las intenciones perfeccionistas de Rivers y, aun así, fue olvidado hasta el 2010, cuando se lanzó como si nada en la edición de aniversario del álbum.

Desmenuzando el disco, los momentos brillantes sobran. La icónica introducción de “Tired of Sex”, el solo de “Falling for You”, el cambio de ritmo a la mitad de “The Good Life” o la totalidad de “Across the Sea”. Incluso la narrativa de arrepentimiento que cuenta “Butterfly” en contraste a un disco entero de desorden. La calma durante la resolución final de Pinkerton no es la de un final feliz, sino que la de un reconocimiento de los errores cometidos.

La constancia en la obra de Weezer en los noventas es tan solo porque conocemos de ella sus mejores momentos. Porque el tiempo dedicado a cada canción es tremendo y se nota en la cantidad de veces que uno puede escuchar esos dos primeros discos sin aburrirse. Entonces ¿Cuomo puede escribir otro Pinkerton pero tan solo no quiere? Quizás, pero esto no debe ser visto con decepción. El que espere otro Pinkerton no debe esperarlo de un viejo cuarentón, que lo busque en Will Toledo o Patrick Stickles, pero no en Weezer.

Porque lo que bien hace Weezer es tomar la tradición del power pop y darle sentimientos humanos palpables. Basta con ver a Brian Bell agitar su Gibson Explorer y la icónica doble ve -inspirada en el logo de Van Halen- que cuelga tras ellos en cada concierto. De eso se trata Weezer, quizás la banda de rock radial que más emociones canaliza, la que mejor logra esa complicada identificación del público con su justa dosis de detalles y universalidades.

Aun así, obviar el impacto emocional del Pinkerton sería retirarlo de una gran parte de su importancia. Al disco no solo se le atribuye el nacimiento de todo el pop punk llorón de My Chemical Romance y Fall Out Boy –que, le pese a quien le pese, fue el sonido del rock de la década pasada-, sino que, quizás de forma más orgullosa, Pinkerton carga con toneladas de historias personales de jóvenes que ven sus propias experiencias reflejadas en el desangramiento sonoro de Rivers Cuomo.

En muchos casos el álbum ha sido un amigo, un amigo del que sabes todos sus defectos, pero aun así quieres, porque sus virtudes son tremendas y porque, ante todo, te acepta tal como eres. Por lo mismo me parece adecuado festejar su cumpleaños, darle un abrazo que valga por todos los recibidos.

Matías Sanllehi

Persona contenta.