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Jackson C. Frank: 50 años perdidos | Retrospectiva

En un buen universo Jackson C. Frank hizo más de un álbum, experimentó con texturas oscuras en los 70s y fracasó con un disco lleno de sintetizadores los 80s. En los 90s fue reencontrado por una generación que se veía identificada por sus tristes cantautoreos y el nuevo milenio lo vio regresar con un LP decente. La nueva década sería su segunda venida y para el fin de los tiempos la gente se reuniría a cantar su “Blues run the game”.

Pero Jackson nunca estuvo hecho para buenos universos. Su figura se diluyó sin encabezar ningún festival y sin atraer jamás a las juventudes hippies. Nick Drake lo adoraba, le dedicó un par de pasionales covers, Paul Simon produjo su único álbum e interpretó junto a Art Garfunkel sus canciones en unas cuantas ocasiones, pero estos reconocimientos nunca fueron suficientes para salvar a Frank de la inevitable soledad que siempre lo persiguió.

La historia del cantautor termina en Woodstock, no en flores y homenajes, sino que abatido por una neumonía y años de esquizofrenia y rechazo. Siempre que se escriba sobre Frank se debe escribir con un gran “disculpa” en mente, se vale pedir perdón por un mundo que no estaba listo para abrazar la tristeza de la forma en que él lo hacía. Redimirse también es válido, y para eso corresponde re escuchar su obra de 1965 con el corazón tan abierto como pueda estar.

La atmosfera que Frank logra en su homónimo es de una soledad absorbente. Es la pureza del sentimiento humano en modo de tristeza, yo creo que no hay nadie en el mundo capaz de sentir que no pueda entender estos diez tracks con más sangre que cualquier trabajo de Dylan. Igual que Jackson, todos hemos querido estar solos, y este disco blanquea el espacio para dejarnos tal como queremos. Me cuesta expresarlo, pero hay una sensación que solo produce este álbum y ningún otro ha podido retratar.

Yo creo que todo está en lo pulcro que es el cantautor para expresarse. Cada una de las canciones del disco está escrita e interpretada de forma impecable, sin grandes adornos que ensucien el espíritu de estos guitarreos. Jackson es un tradicionalista, hace pequeños temas folk, da las bases de su universo y nos deja a nosotros hacer el resto. El material es tan bueno que la respuesta no es opcional.

Claro que esta blancura no contradice el crudo impacto emocional del LP, es más, lo potencia. Si Frank le hubiera dado más vueltas al asunto quizás no sería lo mismo, o quizás fueron las mismas vueltas las que fueron limpiando a estas composiciones, el punto es que el resultado está justo donde debería estar.

Cada vez que escucho “Blues run the game” lloro, suena ultra tonto, incluso típico aludir a que una obra te haga lagrimear, pero es la verdad. No es que termine movido cuando termina la canción, o que un verso en particular me destruya el delicado control que te derriba las paredes lloronas, es el primer rasgueo el que me abate, el sutil comienzo del disco que me anuncia que este camino ya lo conozco y que no hay forma de salir bien parado.

Este 5 de diciembre se cumplieron 50 años del lanzamiento de este pedazo de historia desaprovechada y la verdad es que no sé verdaderamente lo que siento. El mundo no se perdió a Jackson C. Frank, quizás las cosas están bien como están, quizás nos tendremos que conformar con lo que tenemos y seguir adelante, total, la pena siempre será la misma.

Matías Sanllehi

Persona contenta.