Fragile

Fragile: Yes | Elegidos del Casero

Los grupos musicales son ante todo collectivos humanos que, reunídos por un mismo objetivo y una motivación común, trabajan por un fin en específico, el cual es hacer música. Música que les guste, música que consideren buena, música que necesiten vomitar desde adentro, música que canalice las emociones o quejas de los artistas… ya cada banda sabrá porqué hace música, pero el tema es que al centro de todo esto está, (tal como lo expuso Steven Wilson hace unos días en el festival internacional de jazz de Montreal) es que a la hora de hacer un trabajo en un grupo que sea democrático –porque bien puede un grupo ser simplemente en trabajo de una persona (como con King Crimson) o de dos personas (como con los Smiths)– lo que el grupo haga estará dentro de la convergencia de lo que sus integrantes quieran hacer. Pero así mismo, hay un universo de posibilidades y distintas cosas que cada integrante está interesado en hacer y trabajar. Algunas veces los grupos, apelando a la democracia y a los consesos, deciden hacer discos (o parte de ellos) en que cada integrante haga lo que él estime conveniente. Una dinámica similar a esta es el caso del cuarto disco de Yes, Fragile (1971), el cual, lejos de ser un híbrido entre cinco mentes chocando, es un trabajo que mezcla tanto el sonido de la nueva formación, a la cuan se le unía un joven Rick Wakeman con un no pequeño el arsenal de teclados, como de la madurez a que alcanzaría el grupo en su carrera. Fragile, a diferencia de otros albumes con a ética de trabajo de “pongamos todas nuestras cosas en un mismo disco” como Ummagumma (1969), es un disco que usa este recurso artístico con un fin muy claro: Contrastar y aislar la ingerencia de cada uno de los integrantes de Yes en las canciones grupales. Cada una de las cinco canciones individuales, por corta o insignificante, es un petit bouchée de lo que cada quien es y de su función en el grupo —más allá del obvio yo toco tal o cual instrumento.

Así, pues, Fragile parte con “Roundabout”, una pequeña pieza de ocho minutos y medio que abre con el segundo mejor uso de harmónicos en la historia de la música rock —sólo detrás de “Bedcrumb Trail” de Slint, para luego catapultarnos via el saltarín y funky bajo de Chris Squire (Cómo nadie ha usado esto para un beat está fuera de mi entendimiento), la precisa batería de Bruford y las coloridas guitarras de Steve Howe, que dan entrada a la voz de Anderson para así transportarnos, por medio de los cambios de sección, por distintos moods que se van presentando a lo largo de la canción, hasta descanzar en el regazo de “Cans and Brahms”, el tema individual del tecladista Wakeman, quien por disputas con su sello discográfico, no podía publicar nada que fuera de su autoría, por lo que decidió hacer un pequeño homenaje a Johannes Brahms, haciendo un bello arreglo del tercer movimiento de la cuarta sinfonía en Mi  menor, tocando todo con sus varios teclados. Prácticamente un music sample del tecladista, pero no por ello menos bello ni significativo en el resto del disco.

Luego de la reverencia a Brahams, se posa sobre nosotros la pieza solista de Anderson: “We Have Heaven”. En ella, Anderson hace un pequeño trabajo de multitracking vocal, haciendo varias pistas al mismo tiempo sobre la base que ponen el resto del grupo de manera muy sencilla para darle protagonismo al poder de ataque de la voz de Jon. Así pues, abre luego de un portazo y unos pasos corriendo “South Side of the Sky” –la última canción del lado A y tal vez la más dinámica del disco, pasando de un ritmo estable a una tranquildad concreta, la cual sólo va subiendo levemente con los golpes de batería de Bruford y los “lalalala” de Anderson, a la que se le adhiere el fuerte bajo y unos acordes de piano… y luego de un pequeño silencio: Boom, volvemos al rock, fijo y duro: Proto-crescendocore y proto-Close To The Edge, si me preguntan.

“FAST AND BULBOUS”

Y Dios que extraño suena “Five Percent for Nothing” para partir el segundo lado, ¿No? si bien, muchos dirán que es un desorden sin sentido en medio de un disco ordenadito y arregladito, pero aquí creo que es necesario rescatar la pequeña canción de medio minuto –la más corta de los inputs personales. Si se le pone atención a la canción, se puede palparse la mano de Bill Bruford, creador de la pieza, y como cada instrumento en la composición es, en esencia parte del apartado rítmico. Se puede respirar el beefheartesco arte de hacer algo que suena caótico y ser fríamente calculado. El canapé más pequeño del disco, pero sin duda el más sabroso también, y abrupto como llega, abrupto se va para darle espacio a “Long Distance Runaround” reuniendo el motiv del disco, los temas de caminar, de dar vueltas, de las distancias; todo en un pequeño tema de tres minutos que se sigue a “The Fish” de Chris Squire, el cual toca cada riff, rítmo y melodía de la canción con su bajo, mostrando la versalitidad del instrumento y de su propio trabajo. Así damos pie a la última parte del disco, la cual es abierta con la canción “Mood for a Day”, un bello solo de guitarra que, muy parecido a lo que sería “Horizons” de Steve Hackett unos meses después, da preludio a la última gran épica de Fragile: “Heart of the Sunrise”, una hermosa canción que con su mantra “SHARP – DISTANCE” sentaría las bases del “I GET UP – I GET DOWN” de “Close to The Edge”, así como entregando una suave recapitulación de lo que tematica y compositivamente fue Fragile, no sin antes terminar con un pequeño coda/reprise que suena al abrirse una puerta y que nos invita a salir, a caminar, a recorrer y a conocer…

Inti Asenjo

Dueño del gallinero.